Expresión de solidaridad

"Las primeras palabras", de Ramón de Celis

21/08/2019

21/08/2019

Reproducimos a continuación uno de los relatos participantes en la IX edición del Concurso de Relatos Solidarios, organizado cada año por Fundación Juan Bonal, y que une literatura y valores humanos en un evento muy especial y lleno de sensibilidad y emoción.

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"Las primeras palabras", de Ramón de Celis. 
 
El día que Fabiola le habló por primera vez, Sara Ramírez recordó la noche de su llegada al albergue y la angustia que, por un momento y pese a toda la experiencia acumulada, sintió al comprender que de nuevo sería testigo de los horrores que ya había vivido en Mozambique y en Colombia. Fabiola apenas había susurrado una frase en su oído, pero fueron aquéllas de mayo de 2008 las primeras palabras que, desde hacía meses, dirigía a otra persona. 

 

Sara Ramírez evocó entonces la noche que llegó a Estelí y, al conocer a Martha Munguía, no pudo menos que recordar a Trinidad Bautista, con quien dos años antes había convivido en el corazón de Colombia, donde también había colaborado como psicóloga voluntaria en un hogar en el que se acogía a niñas que habían sido víctimas de la violencia doméstica, una forma de decir suavemente que habían sufrido abusos sexuales y hasta violación dentro de su entorno familiar, en el propio hogar. Desde luego, su anfitriona nicaragüense, pese a que no podía ocultar las huellas que el dolor había ido marcando en su rostro con el paso de los años, era más joven que la monja colombiana, a quien tampoco se parecía físicamente y, sin embargo, ambas mujeres sonreían con la misma ternura y tenían en los ojos ese brillo especial en el que ella, como psicóloga y por su propia experiencia, interpretaba como señales de decisión personal, de seguridad en sí misma, de conciencia tranquila y de nobles ideales.  
 

Sara Ramírez miró a su alrededor a la vez que se percataba de lo poco, de lo muy poco que importan los nombres, los lugares, las edades… La mujer que tan efusivamente la había abrazado se llamaba Martha Munguía, pero podía haberse llamado Trinidad Bautista o Mari Carmen Aguado; vivía y trabajaba en Nicaragua, pero igualmente podría estarlo haciendo en Colombia o en Mozambique… Tenía 62 años, pero podía haber tenido 79 ó 36. Sara Ramírez ya había aprendido, como psicóloga y por su propia experiencia, que nada de eso importa cuando en tu camino se ha cruzado una niña de nueve años, que desde los tres está siendo violada en su propia casa por su padrastro, por su propio padre, por sus hermanos… porque tampoco importaba quién. 
 

- Las niñas ya están durmiendo y, como tendrás que descansar del viaje, no podrás conocerlas hasta el almuerzo de mañana, cuando vengan del colegio. 
 

Sara Ramírez asintió. Tendría tiempo de conocerlas a todas, de irse ganando la confianza de cada una de ellas  para que pudieran abrir sus corazones y dar salida a todo el dolor, a toda la amargura, a toda la angustia que el fondo de ellas estuviera torturándolas: sentimientos de culpabilidad, temores injustificados, confusión de miedos y deseos sexuales… Nada que fuera muy diferente a lo que había encontrado en la provincia del Maputo mozambiqueño o en el departamento del Tolima colombiano; nada muy diferente a lo que pudiera encontrarse en cualquier país del mundo, desde el más pobre al más rico, desde el más retrasado al más desarrollado; porque el mal se extendía por toda la tierra y por todas las capas sociales. 
 

- Mañana las conoceré –asintió Sara, sabiendo que, salvo alguna que otra excepción, se encontraría con un puñado de niñas risueñas y dicharacheras, ansiosas de conocerla, de preguntarle si tenía hijos, si en su país se salía a rumbear, si le gustaba la cajeta de coco o la serie de televisión que en Nicaragua estuviera de moda en ese momento…

Felices de que ese día, en el almuerzo, hubiera postre de las tres leches en honor de la recién llegada, a la que tratarían de coger de la mano, de sentir cercana. Niñas que en nada se distinguirían de otras niñas que pudieran estar jugando en la calle, en las puertas de sus casas, felices de saborear la melcocha y las hojuelas, dispuestas a ir a la piscina o echar a correr detrás de un carromato que anunciara la llegara de un circo… Niñas como cualquiera, salvo dos o tres que se mantendrían distantes y altivas, ajenas, desconfiadas; y alguna otra que, por el contrario, se mostraría temerosa y no se atrevería a acercarse a ella ni a las demás, que apenas si levantaría los ojos del suelo y se quedaría al margen de cualquier alegría como si no tuviera derecho a la risa, al juego, a coger la mano de la “doctora” o recibir sobre los rizos de su pelo crespo una caricia de la recién llegada…. Niñas como todas, salvo esas dos o tres y salvo que cada una de ellas, en algún rincón del alma trataría de esconder, incluso de sí misma, lo que nunca hubiera querido vivir, lo que sólo alguna noche, en mitad del sueño, reviviría en forma de pesadilla que le haría despertar aterrada, y la dejaría por unos días en el grupo de las que andaban cabizbajas y silenciosas, de las que habían perdido la sonrisa y el brillo de los ojos, el gusto por el juego y los dulces.  
 

Fabiola era una de ellas. Nunca había hablado con nadie. “Pero puede hacerlo –le informó Martha-; le habla en voz alta a las muñeca, cuando no se sabe observada”.
 

Sara Ramírez lo imaginaba, lo sabía como psicóloga y lo sabía por su propia y amarga experiencia: El dolor de no poder reír, el miedo a las caricias, las tristezas, las ganas de llorar y de dormir para siempre; todo lo que supone que tu propia casa se haya convertido en una cárcel; que el único lugar del mundo dónde puedes acudir cuando te sientes mal, cansada o hambrienta, asustada o sola, sea ese infierno; que ni siquiera seas capaz de imaginar que ese dolor pudiera no exist ir, de soñar un mundo donde las cosas ocurran de manera diferente… Y romper el silencio es el primer paso para salir de ese infierno, para iniciar un largo camino de recuperación, donde no falta el sufrimiento, pero donde empieza a verse la luz.  
 

Todo lo recordó Sara Ramírez el día que Fabiola le habló por primera vez. Apenas había susurrado una frase en su oído, pero fueron aquéllas de mayo de 2008 las primeras palabras que, desde hacía meses, dirigía a otra persona y, aunque muy bajito, le preguntó “¿Cómo se dice tengo miedo?” Antes de contestar, Sara la estrechó fuertemente contra sus brazos, impulsada por sus ganas de abrazarla y para evitar que la niña viera las lágrimas que habían empezado a surcar su rostro. 
 

- Así, mi amor, así. 

 


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