Expresión de solidaridad

Relato solidario: "Di gracias", de Allegra

12/09/2018

12/09/2018 Relato solidario:

Presentamos uno de los relatos finalistas del Concurso de Relatos Solidarios 2017, organizado por Fundación Juan Bonal.

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"Di gracias", de Allegra.

Claudia se preparaba para su primer día de colegio. Estaba un poco nerviosa, cuarto de primaria era un curso importante, ya no era tan pequeña. La dejaban ir sola hasta el colegio y ¡estaba casi a diez minutos de su casa! El día anterior había elegido la ropa que llevaría y la había dejado cuidadosamente en el respaldo de la silla de su habitación.
A varios miles de kilómetros, Salma también se preparaba para ir a la escuela. Sabía que tenía suerte, su amiga Manhiba había tenido que dejar las clases unos meses antes para ayudar a su madre con sus hermanos. Salma aún le llevaba los deberes del colegio y le explicaba lo que habían aprendido ese día, pero era rara la vez que podía prestarle atención. La echaba de menos en las clases. Ahora se sentía muy sola, casi todos los demás estudiantes eran chicos y se pasaban el día peleándose y las otras chicas eran un año o dos más pequeñas que ella.
Aquel día estaba particularmente emocionada, cumplía nueve años. Sabía que recibiría una carta de su familia española, con una felicitación y un dibujo de la niña, como todos los años desde que tenía cinco. La niña también tenía nueve años, pero los cumplía unos meses antes que ella. Tenía fotos suyas guardadas.
Cuando entraron a clase, su maestra les indicó dónde debían sentarse. Se sentaban en parejas. A Claudia le tocó sentarse con un niño que no le caía muy bien. Ocupó su pupitre y abrió su carpeta.
– ¿Qué es esto? – le gritó su compañero arrebatándole el sobre de las manos. 
– ¡Eh! ¡Que me lo devuelvas! Es una carta muy importante – respondió Claudia rezando por que se la devolviera.
– ¿Por qué no es rosita? ¿No es el color que os gusta a las niñas? ¿Es una carta para tu novio?
– ¡No! Es para mi hermana de la India. ¡Dámela!
– Si me das un besito te la doy...
Claudia vio con alivio como entraba la profesora y pedía silencio. Así pudo recuperar el sobre en un despiste de su compañero. Cuando saliera del colegio le recordaría a su madre que fueran a llevar la carta a correos, el cumpleaños de Salma era dentro de tres semanas y tenía que llegar a tiempo.
Salma volvió de la escuela por el camino habitual, no era el más corto, pero le permitía pasar por el mercado a comprar cosas que su madre le pedía y dirigirse a casa por algunos callejones no muy concurridos. Antes tomaba el camino que atravesaba de punta a punta la calle principal, pero desde hacía unos meses se sentía un poco incómoda por cómo los hombres la miraban.
Tras haber hecho todos los recados, aceleró el paso y acabó prácticamente corriendo hacia su casa. Le encantaba recibir las cartas de Claudia y su familia pero aún más cuando se trataba de la felicitación de cumpleaños. Entró a su casa esperando encontrarse a su madre con sus dulces favoritos y el ansiado sobre. Sólo cruzó el umbral de la puerta el olor de agua de rosas fue como un abrazo. Fue a la cocina, dispuesta a comerse el primer gulab-yamun a hurtadillas, pero no estaban allí. Siguiendo su olfato y las voces de los adultos, se dirigió a la sala común. Abrió la cortina y se quedó contemplando el sillón, ligeramente confusa. 
– Salma, hija mía, pasa. Estábamos esperándote. Este es Hossain – dijo su padre mirando nerviosamente al hombre que había sentado a su lado y bajando la cabeza.
– Encantada de conocerle – respondió Salma intentando encajar las piezas. Normalmente no solían tener invitados el día de su cumpleaños. Ni siquiera le dejaban invitar a sus amigas.
– Hola, Salma. Me han contado que hoy es tu cumpleaños. Me he tomado la libertad de traerte un regalo – le dijo el desconocido, extendiéndole una caja forrada en seda. Salma aceptó el regalo con reticencia, nunca le regalaban nada para su cumpleaños, al fin y al cabo ya no era una niña.
Levantó la tapa de la caja.
– Di gracias. En esta casa seremos pobres pero no desagradecidos – le instó su padre.
Agradeció tímidamente el detalle. Dentro, había un precioso sari tradicional verde esmeralda.
– Supongo que todavía te irá un poco holgado, pero estoy seguro de que en un par de años lo llenarás por completo – comentó el invitado examinándola del mismo modo que los hombres de la calle principal – Bueno, creo que ha llegado el momento de despedirme, sin duda tendréis mucho que celebrar.
De esta manera, el extraño señor desapareció de su vida infantil.
Aquella noche su madre colgó el sari, que efectivamente, le iba grande, y colocó la caja vacía en el suelo, junto a su almohada. Salma le preguntó por la carta, ella le respondió que no había ninguna.
Aquella noche Salma lloró, todavía no entendía del todo por qué, pero lloró hasta quedarse dormida. 


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